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Rosaura Ruiz con Reyes Tamez. Foto: AMC

Primero que nada, alzo mi copa y brindo... por la Academia Mexicana de Ciencias, un cuerpo heterogéneo y cada vez más efusivo en comunicar un mensaje clave: la ciencia (y sus primas la tecnología y la innovación) deben constituirse en un eje primario del desarrollo de nuestro país, si queremos seguir teniendo país. La AMC está de fiesta, cumple su primer medio siglo, y en la pachanga que congregó a muchos de nuestros mejores investigadores, su presidenta soltó la propuesta sin pelos en la lengua.

Rosaura Ruiz Gutiérrez dijo que al país le urge un cambio de rumbo que, en la materia que nos ocupa, sólo sería servido apropiadamente mediante la creación de algo que pudiera llamarse Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Me queda claro que la idea nace de nuestro profundo respeto por la jerarquía: si hoy el trinomio CTI lo estimula un consejo y mañana lo alienta una secretaría de Estado, sin duda tendrá una mejor representación en la vida nacional.

Ojalá fuera así de simple. Pero el hecho de que la Secretaría de Turismo hubiera corrido el riesgo de desaparecer en un país como el nuestro es evidencia de que la cartera de gabinete no es suficiente para garantizar nada.

¿En verdad queremos que las burocracias de nuestro sistema político tengan un ámbito más para extender sus tentáculos? ¿Queremos que al frente de la ciencia nacional quede un político de carrera, un compadre del poderoso, un sobrino del cacique, un hijo de una alianza impía entre, por ejemplo, el PRI y el PVEM? Sólo de pensarlo me dan náuseas.

Seguramente la doctora Ruiz respondería que no, que la idea sería crear la SeCiTI o comoquiera que se llamara y ponerle candados para convertirla en una especie de ejemplo de la meritocracia en acción. Pero tal cosa, en México, hoy, es tan impensable como hacer realidad el dichoso uno por ciento que la ley establece como obligación para invertir en CTI. Es un horizonte. Un sueño.

¿Necesita la ciencia una secretaría de Estado? Si el precio es una cohorte de burócratas y las consabidas tomas y dacas en el Congreso, cada año, entre legisladores que saben muy bien cómo vivir de la ubre pero fingen demencia a la hora de pensar en la próxima generación, me temo que yo respondería con un rotundo no.

La ciencia necesita presupuesto, necesita espacio en la mente de los mexicanos, necesita forjar su propia visión de cómo integrarse en un México moderno. Necesita campeones capaces de vender esa visión, de pelearla ante la grilla rascuache de hoy, de buscar los medios para empujar el valor de la ciencia incluso en un Congreso como el actual, dividido entre la mediocridad y el interés partidista, entre los equilibrios negociados en lo oscurito y la gravedad con que venden, a su vez, cínicos, la noción de que todo lo hacen por el interés de la Nación.

Y para eso, creo yo, una secretaría de Estado podría ser una condición sine qua non, pero también se requiere más trabajo de zapa, más talacha, más labor de venta a todos los niveles, menos torres de marfil y más diálogos continuos con la raza de sol: el café scientifique convertido en política científica. Así sea.

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