Los violinistas enjaquecados
A mis 52 cumplidos, tengo el derecho a ser considerado una persona mayor, aunque preferiría pensarme joven, pero qué se le va a hacer: los años no pasan de balde, y entre las canas, la calva y la panza me dan un 1-2-3 que es difícil de combatir. Pero la lucha se le hace. ¡Duro!
Comento lo anterior porque, en amena charla con un amigo, me he vuelto a dar cuenta de que cada cabeza es un mundo: todos somos diferentes y cada uno ve la vida con un sabor, color, olor y valor particular.
Mi amigo tenía sus dudas respecto a la noticia de que científicos ingleses hallaron diferencias fisiológicas en los cerebros de psicópatas. En su opinión, la conducta antisocial y el cinismo con el que muchos ven la vida son hijos de su voluntad o de sus ganas de jorobar, no de deficiencias capturables en equipos científicos.
Él creía, pues, que las conductas, los comportamientos y cosas así no necesariamente tienen una base fisiológica.
Yo saqué algunos argumentos. Todos, desde el más chico al más grande, desde el joven hasta el viejo, mujeres, hombres y demás fauna de la especie, somos sofisticadas maquinarias químicas, frutos de la sinfonía interminable de miles de procesos que, sin saberlo nosotros, ocurren continuamente dentro de nuestro cuerpo.
Imagínate una sinfonía, le dije. Orientados por el director de orquesta, y los músicos ejecutan las notas de la partitura. Podemos imaginar que dos orquestas tocan la misma pieza, con las mismas notas, y sin embargo una de ellas ofrece una ejecución prodigiosa y otra un desempeño mediocre. ¿Cómo puede ser esto?
No supo qué responder, ni yo supe qué agregar, pues la idea me lanzó en otra dirección, pero ahora, frente al teclado, pienso que las diferencias en nuestras personalidades son eso: el fruto de ejecuciones que van de lo mediocre a lo sublime, en esa partitura que se llama la vida.
Si ahora suponemos que en una orquesta hay un flautista o un violín que trae una cruda terrible, que se equivoca cada dos o cinco segundos, bien podemos suponer que la sinfonía ya ni siquiera es mediocre: es de plano defectuosa.
Eso es lo que ocurre con los psicópatas. Son como orquestas con violinistas crudos, y por más esfuerzo que hagan, la pieza no les sale bien. Lo que los científicos hicieron fue apuntar dónde está el ejecutante defectuoso. Pero de aquí a que la psicopatía sea sinónimo de criminalidad, hay un brinco enorme que no vale la pena ni imaginar.
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