Los científicos mexicanos han logrado probar, estudiando mazorcas de hace 90 siglos, que el cereal mexicano por excelencia, Zea mays, es hijo nacido en tierras mexicanas. Parece que por aquellas fechas, en algunos rincones del Balsas, las erupciones volcánicas aplicaron fuerte presión evolutiva sobre las plantas antecesoras, de modo que las sobrevivientes tenían cierta capacidad para tolerar la presencia de metales en el ambiente.
De ahí habría nacido el maíz palomero toluqueño, cuyo genoma descifraron hace un par de años los científicos del Cinvestav que trabajan en Irapuato. Como ahora ya tenemos también el genoma completo de una variedad comercial llamada B73, podemos comparar genomas, relacionar características con grupos de genes, y en general imaginar variedades de maíz con propiedades más aptas para nuestro consumo.
¿Como cuáles? Una muy común es la resistencia a plaguicidas. Gracias a esta capacidad, en vez de estar rociando muchas veces dosis bajas de plaguicidas para acabar con las pestes, se pueden aplicar en dosis altas una sola vez, para acabar con menos agroquímicos por ciclo agrícola.
Otra característica es la que permite a la planta sobrevivir en suelos halinos. Una más permite al maíz sobrevivir a condiciones de estrés hídrico. Otras nos dan mazorcas grandes, con más hileras de granos más gordos y nutritivos.
Si en México usáramos semilla de maíz transgénico, podríamos evitar con facilidad un hecho crucial: el país cuna del maíz importa el grano porque no produce lo suficiente. Este año produciremos alrededor de 22 millones de toneladas en unas 7.2 hectáreas... pero importaremos más de cinco millones de toneladas porque nos encantan las tortillas.
¿Sin maíz no hay país? De acuerdo, pero usar estas semillas no es acabar con el maíz. Las cosas no son blanco o negro, y recordemos que el maíz actual, el maíz que comemos, el que cultivan todos esos pequeños agricultores en miles de rincones de México, no es ese maíz originario que tanto se defiende aquí y acá.
En el proceso de domesticación y al paso de los siglos, muchas variedades de maíz han desaparecido sin que por ello nos quedemos sin elotes. Eso es la vida: sigue adelante aunque en el camino se queden muchas cosas. Pero nosotros, como cuervos aferrados al pasado, queremos conservar los tesoros originarios. Cuidémoslos, pero no a costa de obligarnos a comprar afuera el cereal; pongamos límites, igual que le ponemos fundas de hule a una herramienta para que no nos dañe. Pero si en nombre de un pasado desaparecido armamos un tango gritón, bien podemos contribuir al hambre, a la ruina y el desenlace negro que nadie quiere. Sin país tampoco hay maíz.
