El Asimov del mundo en línea, el bloguero más persistente del ámbito de la ciencia se llama Bora Zivkovic, aunque anda por ahí con el apodo de Coturnix. Es un cronobiólogo y por eso su espacio en ScienceBlogs se llama, perdón por las reiteraciones, A blog around the clock.
Bora no sólo es un motor de discusiones por sí solo y un sólido impulsor de una conferencia anual que produce un compendio de lo mejor del periodismo científico escrito (en inglés). Es también un ferviente defensor de la tesis de que el periodismo impreso está condenado a muerte y que será reemplazado por alguna expresión en línea que todavía no alcanzamos a ver.
Aquí una cita textual de Zivkovic: "Los blogueros no quieren y no pueden reemplazar a los periodistas. Pero algunos blogueros se volverán periodistas, y todos los periodistas tendrán que convertirse en blogueros (en cierto sentido) a medida que las noticias emigren del papel a la web. La diferencia será borrosa por un tiempo, y nadie tiene idea de cómo cualquiera de esto hará que alguien gane dinero. Mientras tanto, esfuerzos voluntarios tendrán que llenar el vacío".
En el mundo en desarrollo, y ciertamente nuestro país de las maravillas forma parte de este sector del planeta donde la realidad política aplasta nuestros sueños de progreso, el ambiente futuro que describe Bora todavía está lejano.
Quiero decir con esto que la penetración de tecnologías de la información es aún lo suficientemente baja como para que a los poderes les valga gorro lo que un puñado de nerds diga, piense, opine o impulse.
Leí por ahí que existe una iniciativa para hacer del acceso a internet un derecho como el derecho a la educación. Ignoro qué suerte correrá tal iniciativa, pero incluso en caso de prosperar, si le va como a nuestra educación estamos fritos.
Suponiendo con optimismo que 20 por ciento de la población tenga algún acceso a internet, podemos seguir con las suposiciones pensando que la gran mayoría de esos 20 millones de mexicanos usan su acceso para leer correo, descargar canciones, ver fotos calientes, chatear y chatear y chatear. ¿Qué porcentaje usa ese acceso para, por ejemplo, tratar de hacer una carrera en línea? ¿Cuántos usan su conexión para informarse mejor, para crecer, para aportar, para compartir?
Sí, internet ofrece espacio para lo mejor que tenemos, pero también aloja a lo peorcito: es igual que el mundo pero en caótico y en masivo.
¿Dónde nos deja esto en términos de lo que comenta Bora Zivkovic? El universo mexicano de blogueros puede ser muy entusiasta, pero es reducido y limitado de alcances. Los medios mexicanos todavía son muy tradicionales, y con esto hablo no sólo de sus herramientas, sino de sus contenidos; para corroborarlo basta con visitar los espacios más populares en línes y enumerar los contenidos ahí multiplicados.
El periodismo de ciencia, dicen algunos colegas de Europa, Medio Oriente y Sudamérica, está en agonía en el primer mundo pero florece en el mundo en desarrollo. Ojalá así sea. Mi perspectiva a principios de 2010 es que, en este país nuestro, lo único que florece es la desesperanza. El anhelo de saber palidece ante los garrotazos de la gasolina, el IVA, la banalidad legislativa, la corrupción, el crimen organizado, la falta de certeza laboral.
Las cosas no debieran ser así, claro. Pero lo que nos enseña la ciencia a quienes procuramos ver en ella una de las posibles salidas de la barranca, es que para aspirar a transformar el mundo, primero tenemos que reconocerlo como es, en vez de ponernos unos anteojos optimistas y falaces. O como decía Enrique Canales, si quieres avanzar hasta otra posición, cualquiera que ésta sea, primero tienes que saber con absoluta certitud dónde estás. Yo tengo miedo de mirar. Ouch.
