El modelo del déficit
Hace unos 30 años, varios grupos de investigadores empezaron a realizar los primeros sondeos diseñados para medir conocimiento y actitudes. De lo que se trataba era de averiguar, primero, qué tanto sabía el público en general acerca de la ciencia y la tecnología, y segundo, qué pensaba ese público acerca de esa ciencia y tecnología.
A muy pocos sorprenderá el hecho de que en general los resultados fueron tajantes: la gente sabía muy poco. Bruce Lewenstein, uno de los teóricos de la divulgación científica, dice que apenas uno de cada diez estadunidenses era capaz de definir una molécula, y que cinco de cada diez tenían la certeza de que los dinosaurios compartieron el mundo con antepasados humanos, a la manera de Trucutú o Los Picapiedra.
Así nació la metáfora del "analfabetismo científico", y la conclusión común fue que el mundo estaba lleno de analfabetos y analfabetas de la ciencia. ¡Qué horror!
De la mano con esta noción llegó otra, muy mecánica y romántica: ¿conque sabes poco de ciencia? Vaya: tu cerebrito debe tener un gran vacío donde debería estar el conocimiento sobre ciencia. Te falta, y hay que llenarlo. Había que proveer información para subsanar ese hueco de conocimiento, ese déficit.
A este acercamiento se le denomina el modelo del déficit, y está basado en la suposición, también simplista, de que una vez reparado el déficit, las cosas tendrán final feliz. En el modelo, los heroicos divulgadores científicos llegan armados de textos explicativos para liberar a las masas de esa ignorancia. Muy heroico. Guau.
Pero felizmente nada puede ser tan simple. Hay varias razones. Una de ellas es que existe conocimiento fácil de agarrar por pertinencia personal (por ejemplo, asuntos de salud) pero hay conocimiento cuya pertinencia de plano se ve remota: ¿para qué le sirve a Juan Pueblo conocer la definición del ADN o los procesos que ocurren en el horizonte de eventos de un agujero negro?
Luego está el asunto de los conocimientos alternativos. ¿Quién dice que es más relevante el saber occidental que el chamánico o que los chismes, por ejemplo?
En todo caso, apunta Lewenstein, pese a la ya señalada heroicidad de los divulgadores, parece que el problema percibido ¡no se resolvió! La verdad es que el modelo es tan limitado que sólo sirvió como primer paso.
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