La máquina de relaciones públicas del Vaticano ha trabajado duro a últimas fechas tratando de vender la idea de que es posible un fructífero diálogo entre ciencia y fe.
Aplauso (uno). Nadie duda de que semejante diálogo sea deseable, posible y valioso; lo que no está precisamente claro es que Galileo pueda ser, como dijera Gianfranco Ravasi, responsable del Dicasterio vaticano de cultura, el “patrono ideal” para representar dicho diálogo.
Tampoco me queda claro que sea Roma, el Vaticano, la jerarquía católica, la entidad representativa de la fe. Sobre todo porque, todavía con los ecos de una posible reivindicación galileana en los pasillos, ya estaba Benedicto XVI advirtiendo que la homosexualidad es más peligrosa que el cambio climático (aplauso retirado).
En otras palabras, a Galileo difícilmente puede hacérsele pasar como un vocero del diálogo abierto: durante su vida demostró ser acomodaticio, astuto, marrullero, terco hasta la necedad, pagado de sí, en fin, un estuche de monerías; apostó a que sus relaciones con el Papa podrían salvarlo del ojo de la Inquisición, y perdió la apuesta.
Pero la Iglesia de hoy, aunque se precie de ser más abierta, más lúcida, más comprensiva que la de mediados del siglo XVII, sigue siendo la misma de entonces: una voz autoritaria que quiere todo en sus términos.
Dijo Tarcisio Bertone, el número dos del Vaticano, que Galileo “fue un hombre de fe que vio a la naturaleza como un libro escrito por Dios”. Y tiene razón. Pero no ser así cuando pende sobre la cabeza la espada de Damocles de la Inquisición es ser suicida.
El jarabe de pico es barato y sirve para tareas de relaciones públicas. Ya comenté aquí hace menos de un mes que el propio Ravasi había querido exonerar a Urbano VI bajo la argucia de que no había firmado la condena de Galileo. Como si hubiera sido necesaria la firma específica para encerrar al astrónomo. Como si el poder no se ejerciera de maneras más sutiles e igual de lapidarias.
Desengañémonos. La Iglesia no quiere en el fondo reivindicar a Galileo. Quiere en todo caso irse deshaciendo de su imagen de obsoleta. Si en verdad quiere dialogar con la ciencia, tiene que hacerlo en los términos de la ciencia. Tiene que respetar a Galileo como científico, no sólo como hombre de fe.
