Un cuento de Navidad

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Ebenezer Scrooge

Con una disculpa medio sincera para Charles Dickens, aprovecharé esta columna para contarles un cuento navideño. Aquí no hay un Ebenezer Scrooge ni un Bob Cratchit, pero sí hay fantasía, imaginación y buenos deseos.

El cuento ocurrió el pasado 23 de diciembre, cuando el diputado panista Miguel Osuna Millán tuvo acceso a un micrófono, concretamente el que le puso enfrente un periodista de Notimex.

El legislador federal por Tijuana expuso una buena idea: modificar la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, promulgada el 30 de marzo de 2006 y reformada por última vez el 30 de diciembre de 2008. El cambio propuesto implicaría convertir en una obligación del Gobierno Federal destinar uno por ciento del producto interno bruto a la investigación científica y el desarrollo tecnológico.

Cuando leí esto, lo primero que pensé fue que el asunto parecía bobo puesto que dicha obligatoriedad ya está expresada en el Artículo 9 Bis de la Ley de ciencia y tecnología.

Esta ley se promulgó el 5 de junio de 2002, pero fue el 1 de septiembre de 2004 cuando se le agregó el artículo citado, según el cual el monto actual que el Estado destine "a las actividades de investigación científica y desarrollo tecnológico, deberá ser tal que el gasto nacional en este rubro no podrá ser menor al 1% del producto interno bruto del país".

"Desde que entró en vigor dicha ley, el Estado mexicano ha incumplido con proporcionar esa meta", dijo Osuna Millán. O sea que el Estado de derecho lleva varios años violando esta ley.

He escuchado argumentos de funcionarios federales en el sentido de que la culpa de que no se destine ese uno por ciento al progreso de la ciencia no la tiene el Ejecutivo, sino los legisladores, que reparten el pastel presupuestal de modo que, una vez satisfechas sus dietas, las cuotas partidistas y muchos otros rubros, nunca sobra suficiente para ciencia y tecnología.

Pero a estos argumentos, los diputados replican que ese uno por ciento no aparece ni de lejos en la propuesta de presupuesto de egresos de la Federación que envía el Presidente cada año al Congreso. O sea que los diputados no asignan un dinero que el Ejecutivo no pide, y los investigadores y tecnólogos se quedan siempre chiflando en la loma.

Siguiendo con la nota del diputado Osuna Millán, a su propuesta inicial agregó la idea de que el porcentaje deba aumentarse cada año "tomando como punto de referencia el promedio que otros países en desarrollo destinan a esos rubros", algo que suena tan sensacional como vago: ¿en qué otros países en desarrollo estaba pensando el legislador?

Esto es pertinente porque, por ejemplo, el dato que el propio legislador dio es que en México se destina a ciencia y tecnología el equivalente a 0.45 por ciento del PIB, aunque como tantas cosas en nuestro país de las maravillas, el indicador depende de cómo se calcule, y por ejemplo la Academia Mexicana de Ciencias estima que la propuesta presidencial solicita apenas 0.33 por ciento del PIB.

Osuna Millán tiene razón en que dentro de los países de la OCDE, México va a la cola por su gasto en ciencia y tecnología, pero donde le salió la inocencia, la fantasía y la candidez (si acaso esta palabra es empatable con el término "diputado federal") fue cuando dijo que de aprobarse su propuesta, "garantizaría que nuestro país pueda ubicarse a la vanguardia mundial en materia de ciencia y tecnología".

Evidentemente el diputado es de quienes piensan que para resolver algo sólo es preciso echarle carretadas de dinero. Para tener un sistema nacional de ciencia y tecnología a la altura de lo que exigen nuestros sueños, ese uno por ciento soñado es apenas el principio: tenemos que construir una infraestructura educativa de verdad, una cultura nacional que respete al conocimiento más que a la impunidad, una red dinámica y transparente de análisis, sugerencias, seguimiento y redistribución que permita al sistema corregir el curso sobre la marcha.

El uno por ciento del PIB para ciencia podría ser un buen principio, de acuerdo, pero tiene que ir acompañado de varias revoluciones sociales, mentales y conceptuales que en esencia transformen el modo en que los mexicanos vemos a la ciencia y sus productos.

Por último, y aunque sea un poco tarde, quisiera desear a quienes leen en internet esta columna que, con o sin uno por ciento, tengan un buen cierre de año y un mejor arranque de 2010.