Aprovechar el mundo plano
Mi primo Lemuel tenía un sueño. Quería remolcar a todos sus primos y a todos sus colegas cirujanos hacia una competitividad de primera línea. Cada vez que nos visitaba desde las excelsitudes del extranjero, insistía en la necesidad de que viéramos mundo para entender el auténtico sentido de la competencia, de ir más allá de la complacencia cotidiana.
Lemuel me contó una historia que me dejó claro el mundo en que se movía. En uno de sus viajes, llegó a Tokio para participar en una conferencia (él fue uno de los cirujanos de cáncer más brillantes del mundo). En un receso, se le acercó un japonés diminuto y cortés que le dijo algo más o menos así: "Doctor Herrera: usted no me conoce pero yo a usted sí. Conozco su trayectoria, he leído todo lo que usted ha escrito, estoy aprendiendo lo que usted ha aprendido, y antes de un año sabré más que usted".
No sé qué pasó con ese cirujano, pero me atrevo a pensar que debe ser bien conocido en su mundo. Recordé esta anécdota cuando leí un ensayo que me sacudió de la cabeza a los pies. Lo escribió Thomas L. Friedman, columnista de The New York Times y uno de los principales autores sobre la globalización. El ensayo, que resume parte de su libro El mundo es plano: breve historia del siglo XXI, es un tirón de orejas a la complacencia norteamericana, pero podemos explorar su mensaje en busca de lecciones para nuestra mexicana realidad.
Friedman dice que el mundo solía ser redondo, pero ya no. En un proceso de globalización que pasó de las naciones a las empresas y luego a las personas, las tecnologías asociadas a internet forjaron un campo de juego en verdad planetario.
Hoy día, un ingeniero indio en Bangalore o Pekín puede competir sin complejos contra una empresa de Silicon Valley.
No voy a entrar en detalles sobre el ensayo, para así dejarle la oportunidad de apreciarlo en directo. Pero sí extraeré de él un mensaje que refuerza la imagen de aquel cirujano japonés que competía contra mi primo. En su texto, Friedman ilustra así el nuevo nivel de competitividad del mundo: cuando Microsoft abrió su oficina en Pekín, primero envió scouts para examinar a los estudiantes de ciencia e ingeniería. De los dos mil mejores, contrató a 20. Ellos han sido el eje de lo que la empresa reconoce como su equipo de investigación más productivo. Y resumen así lo difícil que es unirse a ese equipo: "Recuerda: en China, cuando eres uno en un millón, hay otras mil 300 personas como tú".
Friedman dice que en el nuevo mundo plano e interconectado, Estados Unidos necesita un esfuerzo prodigioso para seguir siendo el líder, pues debe subsanar tres rezagos: una carencia sustancial de ambición, una insuficiente producción de científicos e ingenieros, y una educación que se está quedando atrás.
Ni siquiera intentaré describir el tamaño del rezago que tiene México si se compara con Estados Unidos, India o China. Pero sí quisiera apuntar que, así como el mundo plano ofrece a Estados Unidos el reto de superar sus rezagos, también nos ofrece a nosotros, mexicanos, la oportunidad de crecer más allá de nuestro atraso histórico. ¡El mundo también es plano para nosotros! Pero necesitamos aprender las lecciones; necesitamos, como el cirujano japonés, ponernos metas increíbles y actuar para alcanzarlas. Corea del Sur, la India, China y hasta Irlanda son ejemplos de que bastan un par de décadas de disciplina para lograrlo. Luchemos por ello.
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